La construcción de la comunidad del pueblo

Durante el consulado de Lucena y Silano, Marco Tulio Cicerón pronunció, en la segunda de sus famosísimas catilinarias, una apelación a lo que él llamó “la concordia de las órdenes”, es decir, una alianza entre las distintas órdenes de la República tradicionalmente enfrentadas para salvaguardar, conjuntamente, sus privilegios frente a los catilinarios, que  fueron denominados “enemigos de la res publica“. Nunca ha habido estrategia más efectiva para preservar, tal y como describe Jean Bodin en Les six livres de la République, un Estado y mantener a los ciudadanos bien dispuestos, como tener un enemigo al que se pueda confrontar.

Todo esto sería ampliado durante la revolución francesa, unos pocos siglos más tarde, cons las tesis jacobinas, según las que, además de conseguir esa concordia de las órdenes, es decir, romper la división de las clases sociales con el fin de perseverar en torno a un propósito nacional – en este caso la defensa y salvaguarda de la Revolución – el pueblo debía actuar como vanguardia: controlando y fiscalizando a sus representantes constantemente por cualquier medio, incluidas la coacción y la violencia.

Quizás uno de los casos históricos menos conocidos – y a la vez más interesantes – de este proceso tuvo lugar durante la Primera Guerra Mundial: tanto en Francia, como en Alemania e Inglaterra, los partidos socialistas que, poco antes, se habrían declarado contrarios a participar, según sus propias palabras,  en una guerra burguesa e imperialista, se sumaron en apoyo a sus gobiernos conservadores absteniéndose de convocar huelgas, manifestaciones, e incluso de criticar a sus gobiernos en tiempo de guerra. Llamada “tregua de partidos” en Alemania, o “Unión Sagrada” en Francia, es otro de los ejemplos de cómo no hay nada mejor para unir a todos los ciudadanos que un propósito nacional que incluya la defensa contra el que se considera un enemigo.

No obstante, la utopía mística de esta “comunidad del pueblo” requiere que todos los miembros se dediquen a la misma meta en cuerpo y alma y estén dispuestos a sacrificios por conseguirla. Como consecuencia, todos los que no se dediquen o no crean en el propósito seleccionado serán convertidos en enemigos, en traidores a los que hay que erradicar, expulsar, coaccionar, convencer o excluir. Así, Mark Mazower indica en Dark Continent: Europe’s twentieth Century que “Estos proyectos utópicos fundamentales proyectan la imagen positiva de una nación nueva e integrada” y advierte de qué peligros conlleva señalando que “si un Estado deriva de la soberanía del pueblo y este se define como un grupo específico, la presencia de otros grupos con creencias u opiniones distintas dentro de sus fronteras no puede dejar de parecer una afrenta, amenaza o desafío a quienes creen en el principio de determinación nacional”

Hoy en día, observamos en Catalunya un proceso que guarda peligrosas y sorprendentes semejanzas con todo lo explicado anteriormente. Se ha fijado un propósito transversal que quiere unir a todas las personas, independientemente de su posición o pertenencia a un grupo social u otro, en torno al mismo, y ha sido ya declarado un enemigo que, pintan, pretende evitar la realización de tal objetivo.  Este movimiento, además, se encarga también de presionar y dirigir a sus representantes electos en esa dirección, coaccionando y llegando al linchamiento público y mediático de aquellos que se apartan de sus tesis, como ha sido el caso de los diferentes parlamentarios que en los últimos días se han ido apartando de este proyecto y esta meta que son la consulta y la posterior independencia. Todo, lo que sea, vale si con ello se ayuda a conseguir la meta, dejando las consideraciones legales y democráticas a un lado, en una justificación maquiavélica donde no se considera si los medios utilizados son legales o no, morales o no, legítimos o no, sino si éstos simplemente conducen al fin o no.

Nos encontramos, así, en una situación donde constantemente se intenta separar y dividir la sociedad entre aquellos que quieren la independencia y los que no creemos que sea ni posible, ni democrática, ni buena para Catalunya, ni legal, ni legítima, ni, mucho menos, necesaria, llamándonos traidores y haciéndonos así, parte de aquél enemigo común que es necesario primero crear y después excluir, erradicar y exterminar.

Anian Rabasco Meneghetti

Coordinador de vicesecretaries NNGG Lleida

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