De la Europa de las naciones a la Europa de los ciudadanos: una visión de la construcción Europea.

Este 2014 celebramos las elecciones al Parlamento Europeo, en un año en que estará muy presente el primer centenario de aquella guerra que tanto regó de sangre el suelo de nuestro continente. Y no podemos olvidar cómo la construcción de Europa, esta Unión Europea de la que hoy disfrutamos, empezó siendo una aventura enfocada a la consecución de una paz duradera en el continente, y que tenía también el objetivo de oponer una Europa libre y unida al bloque comunista que esperaba agazapado tras el telón de acero.

Creo importante recordar cómo tras las reunificaciones alemana e italiana y, sobre todo, tras los tratados de paz posteriores al armisticio de Compiègne de 1918, que prestaron toda la atención posible a los famosos 14 puntos del presidente Woodrow Wilson, quedó configurada una Europa que podríamos llamar “la Europa de las naciones“, dada la omnipresencia del nacionalismo etnográfico en las modificaciones territoriales llevadas a cabo por los tratados de Versalles, Trianón y Saint-Germain. Este redibujo sufriría algunas alteraciones tras la Segunda Guerra Mundial, aunque más por criterios geoestratégicos que etnográficos.

Repasando un poco la historia del período de entreguerras, comprobamos cuán peligrosos fueron estos planteamientos y hacia donde llevaron: aquellas naciones que se consideraron agraviadas por la pazde Versalles iniciaron su camino, en general, hacia la dictadura. Son los casos de Alemania, Italia y Hungría, y también, aunque en menor medida, de Rumanía, Grecia e incluso Austria.

Costó otra guerra mundial y 60 millones de cadáveres más comprender que tan sólo una Europa unida en un proyecto de prosperidad común aseguraría la supervivencia de ésta. Ya durante la Segunda Guerra Mundial, en el momento de configurar el nuevo mapa de Europa, surgieron voces como las de Churchill o De Gaulle sobre la necesidad de configurar lo que en ese momento llamaron “los Estados Unidos de Europa”. Quedó claro que había que elegir entre la construcción de una Europa Unida que se presentase en bloque o que los distintos Estados se convirtiesen en rémoras destinadas a seguir la corriente de los otros bloques. Mas no fue hasta 1951 cuando se dio el primer paso en firme hacia esta integración con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero que, con sede en Luxemburgo (y no es baladí, pues es el único estado no-nacional entre los firmantes del tratado), controlaba la industria pesada y evitaba las carreras armamentísticas entre los estados firmantes.

Un gran paso adelante se dio en 1957 con la promulgación de los tratados de Roma, aunque no estuvo exento de problemas. Solamente se consiguió crear la Unión Económica, mientras que la Unión Política fue rechazada por varios de los países que impulsaron la Comunidad Económica Europea. Tal fue su éxito, que fue ampliándose progresivamente hacia lo que hoy conocemos como el libre tránsito de mercancías, personas y capitales.

No obstante el revés sufrido en la construcción de un marco político común en 1957, no quedó este tema en el olvido y se fue aprovechando el éxito de la Comunidad Económica Europea para proceder a su ampliación y a la construcción de una mentalidad política europea. Culminando en los tratados de Maastrich y Lisboa, se consumó esta Unión Política y se inicia también un cambio de paradigma lo que ya se llama Unión Europea. Una Europa formada por los Estados, de espaldas a (y contra) las naciones se marca como objetivo ser la Europa de los ciudadanos. Se crean las instituciones representativas de los ciudadanos, y no de los Estados, que progresivamente van tomando el relevo a las instituciones que representan a los primeros.  Es así como el Parlamento Europeo asume sus funciones, y todas las propuestas surgidas del mismo van convirtiéndose en normas de obligatorio cumplimiento para los Estados miembros.

No es un proceso finalizado, ni mucho menos. Es, a mi parecer, la superación completa de los Estados-nación y la construcción de algo mayor, por mucho que ahora nos parezca imposible e incomprensible – también les parecía incomprensible a los atenienses algo mayor que la polis­ ­- el mayor objetivo posible para estos años venideros y la única forma en que Europa puede superar, por fin, sus antagonismos para convertirse en la Europa de los europeos, dejando de ser para siempre una Europa formada por Francia, Alemania, Inglaterra, España, etcétera para convertirse en Europa como patria común de todos los europeos.  No es un proyecto fácil, pues los Estados son muy reacios a ceder parte de su soberanía hacia estamentos superiores, pero es algo que se debe trabajar en superar, y que no debe partir de los Estados si no de los ciudadanos.

Sólo a partir de la participación y el convencimiento de la ciudadanía de que es necesario seguir avanzando hacia la construcción de lo que Churchill llamó los Estados Unidos de Europa será posible vencer las resistencias naturales a todo este proceso. Por este motivo el reto del 25 mayo en las urnas es mayor todavía. Pues del resultado de las elecciones está en juego nuestro futuro y el de las generaciones venideras.

 

Anian Rabasco Meneghetti

Coordinador de vicesecretarias  NNGG Lleida

 

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